Vas caminando por la calle. ‘Plin’. WhatsApp. “He visto esta casa rural que está muy bien, échale un vistazo”. Pulsas el link, ojeas las fotos. “Mola. Lo hablamos luego”. Llegas a casa y enciendes el PC. Facebook e Instagram. En ambas aparecen anuncios patrocinados: “Casas rurales en la periferia de Madrid. Consulta los mejores precios”.

Intercambias móviles con alguien. Un par de mensajes cordiales por WhatsApp. Abres Facebook. Nuevas conexiones. Alguien se ha añadido a tus contactos del teléfono. Puedes saludarle y\o husmear su perfil de Facebook en un click. Ponemos apellidos a ese alguien, ciudad, amigos, hobbies, fotos de los últimos cinco años, comentarios… ¿Seguimos? Después de abrir la caja de Pandora quieres más. Vamos a Google. En cinco minutos sabes qué ha estudiado, en qué lugares ha trabajado, dónde ha vivido, cuándo se hartó de aquel curro y buscó trabajo en InfoJobs. Boletín Oficial del Estado, una beca perdida, un premio ganado con esta otra fundación…

Seguimos.

Hacer pública tu homosexualidad ha hecho tu vida más sencilla. Tu familia lo ha aceptado, tus amigos lo han entendido y Marta te hace cada día más feliz. Compartís intereses, gustos, pasiones. Os encanta viajar y habéis decidido disfrutar del verano en el sur de Asia. Bangladesh… ¡Allá vamos!

En este paraíso natural encuentras pocas cafeterías y restaurantes con Wifi, así que cuando pilláis uno, os quedáis un buen rato actualizando vuestras redes y subiendo el arsenal de fotos y vídeos que habéis recopilado. Calles, paisajes y vosotras. Twitter, Facebook e Instagram. Sin embargo, en el viaje idílico pronto empiezan los problemas: una red de acceso libre deja demasiadas puertas abiertas en un país donde las relaciones con personas del mismo sexo están penadas con cadena perpetua.

El juego empieza a perder diversión. Pero… Seguimos.

El book de fotos que le hiciste a tu bebé en sus primeras semanas y guardas en tu ordenador. El PC que has instalado en la habitación de tu hija de seis años y tiene una webcam que enfoca a su camita. El canal de Youtube que acaba de abrir tu hijo preadolescente para jugar con sus amigos. O ese perfil de Instagram que no sabes que ha creado tu hija de 17 años, con el que chatea a diario con desconocidos… Quizá estén en el foco de un depredador que busca menores en la red, sin que tú seas consciente. No es exageración, es la rutina de un amigo que trabaja en Ciberdelincuencia y que todas las semanas recorre el país “deteniendo guarros”.

La revolución digital que ha supuesto Internet ha cambiado la forma de relacionarnos. Una ventana de oportunidades que ha hecho avanzar a la sociedad puede ser utilizada de muchas maneras, y no todas son igual de lícitas.

La red dispone de un sinfín de datos acerca de nosotros. Desde nuestra edad o color de pelo hasta los pasos que damos durante el día, lugares que habitualmente visitamos, gastos, ahorros de los que disponemos, qué compramos, cuándo, dónde… Y esa información está ahí, para que cualquiera, esperando el tranvía, pueda acceder a lo más básico; o con ciertos conocimientos informáticos sea capaz de penetrar hasta aquello que ni nosotros mismos conocemos.

No digo nada nuevo. Lo sabemos. A pesar de ello nos empeñamos en enterrar más profundo si cabe cualquier resquicio de privacidad. Las redes enganchan y si quieres estar a la última, tienes que compartir cada movimiento. Pero esto no queda ahí, ¿seguimos? Ya no quieres seguir.

El móvil ha pasado de ser la segunda pantalla, a tomar el control absoluto. Hasta el punto de que conseguir likes o seguidores; anima, enorgullece. ¿Te apetece ese helado o con él vas a conseguir la foto perfecta? ¿Eres capaz de hacer un viaje sin subirlo a Instagram? Guardas más historia personal en tu muro de Facebook que en tu propia memoria, y lo dejas al acceso de cualquiera, de todos.

A ese control absoluto al que estamos sometidos se une un estado de alerta constante por compartirlo absolutamente todo. El protagonismo perpetuo de nuestra vida virtual sobre la real no ha tocado fondo. Me reconozco a diario en un capítulo de Black Mirror, y sé cómo terminan todos porque me he bebido la serie en menos de un mes. Pero esto no ha acabado. ¿Seguimos? Por supuesto que seguimos…

Firma Verónica Crespo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.