Con más de 50 millones de usuarios en todo el mundo y 10 millones de ellos activos al día, Tinder es una de las redes sociales del momento. Entre ‘la curiosidad mató al gato’ y las ganas de hacer algo original, me he tomado el ‘vivir para contarlo’ al pie de la letra. En este artículo os cuento mi experiencia en Tinder, la app para ligar.

Nada de fotografías, nombre o datos personales. Estas son las condiciones que me marco para bucear en Tinder y hacer este artículo. Abro una nueva cuenta. ¿Nombre? Agua. Puedes seleccionar hasta seis fotografías. Elijo en la galería de mi móvil un cartelito gracioso que fotografié hace unos días, nada más. Cuenta creada.

Puedes marcar un rango de edad y una distancia máxima en kilómetros. Irán apareciendo, a modo de catálogo y de forma aleatoria, aquellos usuarios que cumplan con los rangos que has elegido. También decides si ver a hombres o a mujeres. Selecciono ambos, aunque después no conseguiré hablar con ninguna chica. Comenzamos.

«Javier, 28. A 30 kilómetros de distancia», «José, 32. A 17…», «Laura, 30. A 54…». Puedes  rechazarlos con un giro a la izquierda, darles ‘like’ con giro a la derecha o marcarlos con ‘súper like’ arrastrando su perfil hacia arriba. Cuando dos usuarios coinciden en el ‘like’ tienen un ‘match’ y la app les da la posibilidad de chatear. Pronto descubro que si quiero avanzar con esta app no puedo descartar a todo el mundo. Decido regalar ‘likes’ y… ¡’match’! Empieza el juego.

Primeras conclusiones: Muchísima gente tiene Tinder y ¡cuántos conocidos! Descubro las reticencias a hablar con alguien que se llama Agua y no publica fotos. [«¿De verdad no vas a decirme quién eres ni cómo eres? Estoy en desventaja»]. La limitada transparencia de esta app debe ser compartida por todos. Ocultarse hace que te saltes las reglas no escritas de la comunidad y eso no gusta. Se van.

No puedo venderme con una imagen ni puedo dar datos personales, tengo dudas de si el experimento funcionará. Opto por el humor. [«¿De verdad te llamas Agua?», «Es mi nombre en Tinder. ¿Qué prefieres, agua o vino?»].  Voilà.

Percibo dos tipos de personas en Tinder. Unos cuyo interés es únicamente sexual, quieren datos personales y ver fotografías o redes sociales. Como no les doy lo que buscan, se cansan y se van. Y otros, a los que no les importa hablar con un perfil anónimo y me permiten profundizar más. Intuyo en estos últimos un anhelo del ideal de amor romántico, del “qué hace alguien como tú en un lugar como este”, del descubrir un grano de trigo por el que valga la pena buscar entre tanta paja. ¿Encontrarán aquí su media naranja?

Tinder es divertido. Engancha. Ofrece la posibilidad de renovar constantemente. ¿No ha funcionado? Next, next, next. En este ‘catálogo de tíos’ (que empiezo a llamarle) cuenta la elección a primera vista, ¿es el físico lo más importante? ¿Qué cambia a ligar en una discoteca? La comodidad del sofá de casa nos hace estar más desinhibidos y decir cosas que no diríamos en persona. En mi experiencia por aquí he podido comprobar esto último, al hablar con conocidos (tímidos en el día a día) que no sabían quién era yo y que se han mostrado muy… relajados con Agua.

Más oportunidades de conocer a gente, sube la autoestima, rompe barreras y permite ligar por la vía fácil. Pero unas expectativas tan elevadas generan en muchos casos frustración o desengaño. Todo se reduce a prejuicios, miedo al rechazo y al ser engañado. Sin entrar en los riesgos que lleva implícito el propio modelo, que son muchísimos. ¿Conoces a gente a través de Tinder o hablas con desconocidos? ¿Hasta qué punto estás dispuesto a revelar datos personales o confesiones íntimas a un usuario que lo tiene realmente fácil para no decir la verdad? ¿Es real, verdadero o verosímil? [“Llevo un par de meses quedando con chicas. He encontrado a gente muy normal”], me tranquiliza otro Tinder-amigo. Pero los usuarios quieren pasar a ser personas. De ahí su interés por superar las fronteras del online. [“Agua, ¡te invito a cenar! Soy muy buen cocinero ;)”]. Estos, para mí, son los límites de Tinder.

La forma en la que se generan las relaciones y se encuentran las parejas ha cambiado en pleno siglo XXI. Buscar una nueva concepción del amor y las relaciones sociales, aprovechando las oportunidades que nos brindan las nuevas tecnologías, es el panorama sociológico que impera. Lo queramos admitir, o no. Tinder (y otras apps similares) no cambia la forma en la que nos relacionamos, cambia el cómo. Y satisface una necesidad creciente de conocer a gente y vivir más experiencias.

Desde mi punto de vista, este juego de la seducción se reduce a una conversación y a unas cuantas fotos. ¿Estamos dispuestos a cambiar una mirada por una pantalla?

Si algo he hecho en Tinder estos días, ha sido reírme. Así que para cerrar de forma alegre le pido a uno de mis ‘match’ que me recomiende una canción. “Quién se ríe contigo delante de un café”. Sin duda, encaja con el reto de Tinder.

Firma Verónica Crespo

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