Hoy hablamos de unos contenidos que absolutamente todos los días leemos, principalmente, a través de las redes sociales. Noticias que por lo llamativo nos hacen reaccionar al instante. Que si apagan un incendio con Coca Cola, que si la leche ha sido reciclada, que si Bertin Osborne dijo… Antes de procesarlas de forma racional, nos producen una emoción (ilusión, pena, rabia, frustración…). Y reaccionamos. Click. ‘Me gusta’, ‘me encanta’, ‘me enfurece’, ‘me entristece’. Click, compartir. Click, comentar.

Aparecen en redes sociales, las recibimos en nuestro WhatsApp, las leemos en medios o plataformas digitales. Muchas de ellas tienen contenido político de actualidad, pero también las hay culturales, sociales, alimentarias, sanitarias… Sus objetivos no siempre son conspiratorios, pero sí que todas ellas buscan generar un clima de desorientación y desconocimiento. Mantenernos mal informados y distorsionar nuestras percepciones de la realidad.

Los bulos y las noticias falsas han existido siempre, pero ahora con Internet, su propagación ha aumentado exponencialmente. Los encontramos en todos los soportes digitales y a menudo dan el salto del online al offline y se cuelan en nuestras conversaciones, rutinas y día a día. Nos desubican como usuarios, como consumidores y como ciudadanos.

Este fenómeno ha surgido en la ‘era de la posverdad’, donde ya no importan los hechos objetivos, lo que trasciende son las emociones que esa noticia, declaración o idea provoca. Mentiras emotivas que al fin y al cabo van calando, terminan orientando la opinión pública e influyendo en nuestras actitudes. Es el mejor contexto para que las noticias falsas (fake news) se sigan reproduciendo.

En los últimos meses, estas fake news han generado preocupación en muchos sectores, principalmente el periodístico, que ha perdido el monopolio de la gestión de la información y cada vez son más las voces que practican el pseudoperiodismo. Una realidad que no solo afecta a la profesión del contador de historias, sino que tiene efectos sociales nocivos y en última instancia, perjudica a nuestra democracia.

Como reacción a esta preocupación han surgido plataformas como ‘Maldito Bulo’ (www.maldita.es/malditobulo/), que recoge y rectifica bulos en las redes sociales o ‘Salud sin bulos’, (www.saludsinbulos.com), que combate los bulos relacionados con la sanidad que circulan por Internet.

Las grandes plataformas digitales también han puesto en marcha proyectos multimillonarios para luchar contra las noticias falsas. Es el caso de Google, que en marzo anunció una inversión de 300 millones de dólares  para combatir las fake news; Facebook, que va a crear en la torre Agbar de Barcelona un centro de control de contenidos donde trabajarán 500 personas; o WhatsApp, que protegerá a los usuarios de mensajes maliciosos. Que estas acciones sean un ‘lavado de cara’ para responder a una demanda institucional y social o realmente sirvan para frenar este aluvión de bulos que nos invaden a diario, lo veremos en el futuro.

Algunos consejos para no ser víctimas de estas falsedades son:

-Tomarse un minuto antes de compartir cualquier impacto, no dejarse llevar por la primera emoción.

-Leer la noticia completa y si genera dudas, evitar compartirla.

-Antes de compartir, introduce el contenido en buscadores y verifica la información con medios de comunicación o instituciones.

-Presta atención al formato, la redacción de la noticia, la publicidad masiva en la página de la que proviene o el diseño web de la misma.

-Revisa las fechas, compartir algo que ocurrió hace 10 años también genera distorsión.

Y sobre todo, si detectas que una noticia es falsa, avisa a tus contactos. Explica a familiares y amigos que están siendo víctimas de un bulo es la mejor manera posible para evitar su propagación.

Firma Verónica Crespo

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